El Blu-Ray ofrece un sonido y una imagen verdaderamente magníficos. Aparte de esta no pequeña ventaja, la publicación tiene dos puntos fuertes: la dirección de Zubin Mehta y la voz de la protagonista, Maria Guleghina. Vamos por partes: salvo un acto I que no alcanza toda la tensión deseable (compáresele con su grabación para Decca, aún inalcanzada, con Sutherland, Pavarotti, Caballé y Ghiaurov), la labor del director hindú es impresionante, por el dramatismo del discurso, el brillo y colorido, la enorme claridad de las texturas orquestales que consigue, y desde luego por el rendimiento que obtiene del soberbio coro y la espléndida orquesta (si bien en ésta destaca quizá en exceso la percusión, lo que podría ser achacable a la toma de sonido). En todo caso, la única versión cuya dirección musical se acerque al nivel de ésta sería la citada suya de 1973.
Maria Guleghina posee la voz de Turandot, lo que ya es una heroicidad: que no sea capaz de apianar y de paladear las melodías como Caballé (en París, con Ozawa, mucho mejor que en su disco EMI con el nefasto Lombard) era de esperar; que incluso cale en algún momento… pero, en conjunto, hay que descubrirse ante la cantidad y la calidad de su torrente vocal, y su interpretación (musical) del personaje es imponente.
Marco Berti es un Calaf que puede con los agudos: ésta me parece su única virtud, la verdad. Porque es un cantante carente de legato, insulso e insípido. Bastante bien, en cambio, aunque falta de calidez Alexia Vulgaridou como Liù, y más bien engolado en la emisión el Timur de Alexander Tsymbalyuk. La actuación teatral de todos ellos es errática e incoherente, cuando no (Berti) simplemente horrenda.
Dejo para el final la cuestión escénica: el responsable es un tal Chen Kaige, supongo que chino, que ha contado con un escenógrafo supongo que compatriota suyo, Liu King, que ha debido de copiar elementos decorativos de la China antigua. Pero el supuesto conocimiento que el director escénico pueda tener de lo que se trae entre manos es bastante dudoso: de entrada, no hay, en absoluto, dirección de actores; los miembros del coro miran a donde no deben cuando no están distraídos (ellas están peinadas como japonesas), y sus “aportaciones” son lamentables, si no de vergüenza ajena, de función de colegio: Turandot, la divina, la intocable, a la que ni se puede mirar de frente, se mezcla con el pueblo para mofarse de la ejecución del príncipe de Persia y vuelve una y otra vez a situarse entre sus súbditos; el emperador es un borrachín ridículo, la interacción entre los personajes es de una incoherencia increíble, las que bailan, las que son ofrecidas al príncipe ignoto a cambio de Turandot son algo incalificable… (Con todo, lo peor de lo peor es algo anecdótico: el maquillaje).
Pues bien, amables lectores, ¡ni una sola protesta del respetable! Sí, si la puesta en escena es “moderna”, nada se perdona, y las protestas descalificadoras se manifiestan ruidosamente; pero si es tradicional, todo vale, todos encantados, por muy bodrio y delirante que sea lo que ofrece.
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