Sunday, March 14, 2010

Caballé y Domingo en el Requiem de Verdi por Mehta

Aunque llegó a aparecer, hace más de diez años, en un catálogo de Sony como “de próxima aparición”, el primer Requiem de Verdi grabado en digital, el año 1980, nunca llegó a salir en CD. Ahora lo ha hecho, pero sólo en Japón (núm. de catálogo SICC 1145-6). Es extraño, muy extraño, a pesar de que la grabación, técnicamente, es bastante rara y, sin duda, deficiente.

¿Qué tiene de especial, de especialísimo, esta versión? Pues nada más y nada menos que una actuación memorable, única, de la soprano (sin duda, el papel solista más destacado en la obra) y del tenor, que no son otros que Montserrat Caballé y Plácido Domingo, los dos en estado de gracia y, para mí, sin la menor duda, la mejor interpretación de soprano y de tenor jamás escuchados en esta obra.

Pero hay más: Bianca Berini y Paul Plishka están tan bien (aunque no sean los mejores que recuerde) que se logra que le cuarteto solista de esta versión sea, seguramente, el más redondo de cuantos existen en disco.

La dirección de Mehta es bastante desigual, con momentos de tremenda intensidad dramática y otros más bien de mero trámite, con tendencia a un nerviosismo excesivo (que nada tiene que ver con la urgencia hiperdramática del primer Muti, por ejemplo). Mehta convence sobre todo en el “Recordare”, en el “Sanctus” y en el “Libera me”. La primera vez que aparece el estruendoso tema del “Dies irae” es cuando peor lo hace; en las reapariciones mejora de forma notable.

El Musica Sacra Chorus (sospecho que el Westminster Choir con otro nombre) está espléndido, lo mismo que la Filarmónica de Nueva York: transparentes, exactos y brillantes.

Pero lo de Montserrat es sencillamente de no creérselo: con una línea de una belleza turbadora, como su voz en un momento áureo, una capacidad de regulación del sonido absolutamente incomparable, una musicalidad y una sensibilidad que dejan anonadado: está mejor, de voz (más dramática ahora, pero no menos maleable) que con Barbirolli (EMI), y su interpretación es aún más intensa y más extática. El Do sobreagudo del último clímax del “Libera me” es impresionante por su intensidad, fuerza y brillantez.

Plácido ha grabado el Requiem al menos cinco veces, desde Bernstein (1970) hasta Barenboim (1994). Siempre, en todas las ocasiones, ha estado excelente. Pero aquí, con Mehta, es de no dar crédito: no sólo estaba pletórico de voz, con una belleza de timbre y de línea canora anonadantes, sino que su entrega y calor son de no olvidarlos nunca. Una y otro no tienen rival. ¡Qué barbaridad!

Tanto la Berini, de voz dramática y oscura (ideal para Azucena e incluso Ulrica), con algún cambio de color, y Plishka, que no es bajo-bajo, sino bajo-barítono, de emisión a menudo algo engolada, empiezan (Núm. 1, “Requiem”) un poco menos bien, para remontar de inmediato y mantenerse a muy alto nivel. Así, Berini en el increíble “Recordare”, donde su voz se funde de modo milagroso con el de Caballé, o Plishka en su gran solo, “Confutatis”.

Lástima que la grabación sea tan rara y artificial, sobre todo al principio, donde la estereofonía es extremadamente exagerada. Los fortísimos son algo estridentes y carentes de peso y corporeidad. Aun con esta seria deficiencia, este Requiem me parece de obligado conocimiento.

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