Don Carlo
Recientemente he escuchado y visto dos de las mayores óperas italianas –Don Carlo e Il barbiere di Siviglia– dirigidas en “su casa”, el Covent Garden, por Pappano. El primero de estos títulos, increíblemente, no está publicado comercialmente en DVD (no sé exactamente cómo ha sido grabado, quizá una transmisión de la BBC); el segundo ha salido recientemente en el sello Virgin.
Ninguna de estas óperas dispone, en mi opinión, de una versión en DVD de similar estatura artística. Pappano ya tiene editado Don Carlos, en francés (NVC/Warner 1996) con resultados globalmente bastante inferiores. El de junio de 2008 en el coliseo londinense es una interpretación de muy alto nivel, no muy por debajo de la mítica versión discográfica de Giulini (EMI 1971).
El reparto fue un acierto total: no hay un solo cantante que desmerezca. Repasando sus nombres, tenemos en primer lugar a Rolando Villazón en estado de gracia, con una voz algo pequeña y más lírica de lo debido, pero intérprete arrebatador del infante, menos desequilibrado que con cuatro años antes con Chailly (DVD Opus Arte: allí estaba casi histérico, probable exigencia del director escénico Willy Decker), muy depurado en el canto y con una encarnación tremendamente calurosa y creíble del personaje. Desde Plácido (con Giulini) no había escuchado a nadie tan satisfactorio; aquí, además, no sigue (o imita, dirán algunos) tan de cerca al tenor madrileño.
Espléndida Marina Poplavskaya como Elisabetta: voz no muy rusa, sino bastante redonda y esmaltada, con espléndida técnica: francamente convincente, aunque no llegue a arrebatar. Magnífico, tremendamente veraz Ferruccio Furlanetto como Felipe II: voz de bajo-bajo no especialmente bella (sino, más bien, algo bronca), pero cantante e intérprete eximio, y más que buen actor.
Sonia Ganassi (Éboli) y Simon Keenlyside (Posa) tienen en común ser extraordinarios cantantes, de excepcional musicalidad, que no poseen materias primas verdianas, lo que se concreta en ciertos apuros o carencias vocales en los momentos más dramáticos. Pero ¿no son mucho más importantes en ellos sus cualidades que sus relativas deficiencias? Para mí, sin duda.
Muy bien el Inquisidor de Eric Halfvarson, voz negra muy adecuada para el pavoroso personaje. Y muy mayor ya y esforzado el nunca antes santo de mi devoción Robert Lloyd, Felipe II muy insuficiente con Chailly y aquí aceptable Monje. Muy bien los secundarios.
Lo que más llama la atención es la labor de conjunto, la unidad de criterio que impone Pappano, que los gobierna con mano firme y certera. Su lenguaje verdiano, su sentido del drama, su convicción, la belleza y nobleza con que enuncia las decenas y decenas de melodías a cuál más memorable, la fuerza y el protagonismo –sin avasallar a las voces– que concede a la orquesta son muy meritorios.
En cuanto a la escena, en general me parece acertada –si bien no al nivel de lo que suena–, con algunas reservas (sobre todo por la tendencia demagógica del auto de fe), y algunos aciertos aislados tan convincentes como que el rey canta su amarga y genial aria sabiendo ya que su esposa atesora entre sus joyas el retrato de Carlo: no es ella, por tanto, quien lo abre más tarde.
El barbero de Sevilla
Ya había unos cuantos buenos Barberos en DVD, pero todos tenían al menos una deficiencia seria. Éste no: todos los cantantes están muy bien, lo mismo que la dirección musical y escénica. Vuelve a darse esa labor de conjunto, esa unión de voluntades, procedente de la batuta, tan difícil de obtener en una función de ópera. Nadie va por libre. ¡Esto, como Don Carlo, es Ópera con mayúscula, señores! Pappano, pese a no contar con una orquesta del otro mundo, la hace sonar con toda propiedad, agilidad, chispa y transparencia (¡también es estupendo, y esto es nuevo, en el Rossini bufo!), pese a no convencer del todo en la obertura.
Por su parte, Moshe Leiser y Patrice Caurier, responsables de la escena, dan en el clavo sin gastar una enormidad (¡para disimular impotencia, como tantas veces hemos visto, en este o cualquier título!), siguiendo esquemas claros y con decorados sencillos, pero logrando (sin necesidad de sacar los pies del plato) que el respetable se ría con ganas muy a menudo. Esto no habría sido posible sin contar con cantantes que son, todos, estupendos actores. ¡Incluso se saca partido de la silla de ruedas en la que se vio obligada a estar Joyce DiDonato, por el accidente sufrido en escena días antes!
Por cierto, ésta y Juan Diego Flórez creo que, claramente, carecen hoy de posibles rivales como Rosina y Almaviva. ¡Qué maravilla, qué gozada! Pero los dos bajos, aun con las debidas matizaciones, no se quedan muy atrás: Furlanetto, pese a tener algo tasado el fiato, hace el Basilio más tremendo, potente y odioso que se pueda imaginar, y Alessandro Corbelli (que no dispone de una voz de bajo ni un timbre atractivo) es el más grande actor imaginable en un bufo y el Bartolo mejor cantado de los últimos tiempos (junto a Carlos Chausson). ¡Lo que hacen ambos en “La calunnia”, uno cantando y el otro escuchando, es de antología!
Y en cuanto a Pietro Spagnoli, su Figaro está bastante más hecho y maduro que en el Teatro Real un lustro antes (DVD Decca): seguro que uno de los dos o tres más notables de hoy día para este nada fácil papel. Los secundarios son también buenos. O sea, que recomendabilidad plena. ¡A ver si Virgin lo lanza también en Blu-Ray!
0 comments:
Post a Comment