Semyon Bychkov ha montado un programa un tanto decepcionante con una de las mejores orquestas del mundo, la Concertgebouw: el Primer Concierto para violín de Bruch y la Undécima Sinfonía de Shostakovich (Ibermúsica, 10 de enero).
En la famosa obra de Max Bruch la orquesta no tiene un papel muy relevante; la dirección fue atenta, sobre todo en el finale, pero careció del vigor y la pasión de Abbado, Karajan o Mehta (en sus respectivas grabaciones con Mintz, Mutter y Zukerman: mis tres violinistas favoritos en esta obra), precisamente, quizá, los tres directores que más partido han le sabido sacar en disco.
Joshua Bell, que en mi opinión no llega a estar en la élite de los violinistas actuales, es además poco idóneo para esa partitura: no alcanza la suficiente brillantez técnica ni posee un sonido lo bastante cálido y corpóreo; a veces sonaba a Mendelssohn, otras a Saint-Saëns...
No hay demasiada sustancia, la verdad, en la Sinfonía No. 11 de Shostakovich. Pero, en todo caso, puede extraerse algo más trasfondo de ella (así, Rostropovich en su grabación con la Sinfónica Nacional de Washington para Teldec y, según Fernando López Vargas-Machuca, también Rhozdestvensky) de lo que desentrañó Bychkov, que fue bastante poco aparte de la epidermis, brillantísima y “aparente”, pero a fin de cuentas bastante “numerera” y banal.
Aun sin lograr toda la debida claridad en todos los momentos, la orquesta dio mucho de sí, luciéndose como conjunto y muchos de sus solistas (los increíbles fagotes, el corno inglés, los percusionistas...)
Una ocasión, pues, en parte perdida, porque el formidable conjunto amsterdanés no se prodiga por aquí todo lo que desearíamos, y porque hay músicas que Bychkov interpreta mucho mejor (Mahler o Richard Strauss, por ejemplo, que sepamos).
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