Monday, May 2, 2011

La más genial “Octava” de Bruckner: Celibidache en Tokio

He recibido hace poco una grabación (sello Altus) de la Octava Sinfonía de Bruckner que posiblemente sitúo como la interpretación más genial que haya escuchado nunca de esta colosal Sinfonía, una de las cumbres más altas de la historia del género. Se trata de una toma en público, ¡con sonido francamente bueno! del 20 de octubre de 1990, en Tokio.

Bueno, debo decir que ya conocía otra, por los mismos intérpretes, quizá no inferior (Lisboa, 23 de abril de 1994), pero que circula por ahí con un sonido tan deficiente que, a efectos prácticos, no es posible rival de ésta de Tokio. Además, es posible que la de Lisboa sea una versión un poco más desmesurada y extremista y, por tanto, algo más discutible que la nipona. Algo así le ocurre, para mi gusto, a la versión publicada por EMI, también con la misma orquesta y el mismo director, tomada asimismo en público (en Múnich, el 12 y el 13 de septiembre de 1993). Añadiría que las de las capitales portuguesa y bávara caen en determinados momentos en alguna que otra excentricidad, a lo que el excelso director rumano no podía (o quería) a veces sustraerse. Ésta de Tokio creo que no puede ser acusada de eso. Es, por tanto, de entrada, menos sofisticada, más verídica.

Todo esto dentro de lo especial que es el Bruckner de “Celi”, lo que, objetivamente, se traduce de inmediato en tempi muy lentos. Veamos los de la versión de 1990 que nos ocupa: 19’20” + 16’40” + 31’20” + 29’20”. Los de Lisboa son: 19’20” + 15’45” + 33’20” + 31’10”, y los de Múnich: 20’50” + 16’ + 35’ + 32’. Seguramente esta última es la versión más lenta registrada en discos.

Recordemos que las duraciones estándar de las versiones de gran altura suelen estar en: 16’ + 15’ + 25’ a 26’ + 23’. Diferencias, pues, muy acusadas entre las normales buenas y las de “Celi”.

Ésta es una de las razones por las que, por muy grandes y geniales que sean las propuestas de Celibidache (lo son), no me parecen las más recomendables, ni como versión única o modelo, ni desde luego para quienes empiezan a adentrarse en el difícil y complejo mundo del compositor austríaco. Las versiones de “Celi”, indudablemente atípicas, exigen para gozarlas y comprenderlas mayor concentración (aún) que las demás, y pueden disuadir a los principiantes de seguir ahondando en Bruckner. Al que algunos tienen (me incluyo, tal vez) por el más grande sinfonista de todos los tiempos.

Mis versiones favoritas, las más próximas a mi forma predilecta (¡no es la única!) de ver esta obra, de sintonizar con ella, son en general más escarpadas y rebeldes que las de “Celi”, en la línea que une a Furtwängler con Barenboim pasando por algunos otros ilustres directores, entre los que destacaría a Karajan en su segunda filmación (Monasterio de San Florián, junio de 1979) con la Filarmónica de Viena (DVD D.G.: para mí su mejor Bruckner).

Pero ello no quita, por descontado, para que pueda considerar que quizá nadie que yo haya escuchado ha alcanzado tales cotas de inspiración y de grandeza (ojo, no grandilocuencia) como “Celi” en Tokio. Su visión aquí es tremenda, a menudo aterradora, no sólo bellísima contemplación (que también), pero siempre con un firme arraigo antes que desarraigo, algo así como una fatalista aceptación de la tragedia (más que resignación ante ella). Este modo suyo de asumir la situación está presidido por una honda, sabia, inmensa madurez vital. Y esta angustiosa renuncia a la rebeldía suya puede resultar aún más demoledora, y desde luego adquiere con él dimensiones cósmicas. Se percibe aquí una sensación de desesperanza absoluta, de la inexorabilidad de un cataclismo universal, lo mismo (aunque muy diferente) del que gravita soterradamente en El ocaso de los dioses.

Todo esto (y mucho más, claro) lo logra Celibidache mediante un meticuloso desmenuzamiento de la partitura, que no le hace perder en absoluto la visión del conjunto, construido con una solidez aplastante. El sonido bruckneriano no es precisamente un secreto para el maestro rumano, que lo halla de un modo natural: sonoridad organística, robusta, profunda (graves siempre muy presentes, sin que se note especialmente), de glorioso empaste. Sin excesos declamatorios, ni ampulosidad (más bien huye de ella), pero logrando en los tutti una fuerza imponente. (Un solo reparo, un detalle: en la impresionante marcha en progresión dinámica del 4º mov., 7’36” a 8’38”, no se oyen las trompas lo suficiente. Culpa, es de suponer, más de la toma de sonido que de la batuta).

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