Por fin Sony se ha acordado de esto que tenía tan bien guardado, por no decir escondido, y de que el centenario del nacimiento del legendario director rumano era momento inexcusable para volverlo a sacar a la luz.
Todo el mundillo musical sabe que Celi, que consideraba taxativamente a Anton Bruckner como “el más grande sinfonista de la historia de la música”, fue un intérprete descomunal del austríaco. Un intérprete genial, en sentido estricto. Pero, conviene recordarlo, un intérprete tan personal que resulta cuando menos discutible. Sí, puede ser genial y discutible a la vez, ¿por qué no? No es su Bruckner un Bruckner modélico o ejmplar (mucho más lo son Haitink o Barenboim, entre otros), pero sí es absolutamente imprescindible.
Lo que hace en primer lugar que el Bruckner de Celi suela ser discutible es, ante todo, su recurso a tempi generalmente muy lentos, a veces lentísimos, que nadie osa imitar. Y mejor que sea así, pues pocos directores –o tal vez ninguno– serían capaces de aguantar semejantes lentitudes sin que el discurso se les viniese abajo (algo que ocasionalmente le ocurre al propio Celi, aunque más bien en otros autores).
El caso de la Sexta Sinfonía (Múnich, 26 al 30-XI-1991) de este álbum (demasiado voluminoso: 6,5 cm de lomo) es peculiar: los movimientos 1º, 3º y 4º duran poco más o menos lo habitual: 17’, 8’15” y 15’15” aprox., pero el 2º, que suele dilatarse unos 17’, le dura a Celi casi 22’. Y no sólo no se le vuelve moroso o carente de tensión, sino que por el contrario es, en mi opinión, uno de los movimientos más sublimemente interpretados, más anonadadamente bellos de cualquier sinfonía de Bruckner que yo recuerde.
En el caso de la Séptima (Tokio, 18-X-1990), los cuatro movimientos son muy lentos, pero los dos primeros son realmente lentísimos (24’20” y 27’30”), y tampoco asoma el referido problema. Las bellezas que Celi extrae vuelven a ser de otro mundo, lo que no quita para que algunos se sientan irritados por tales tempi, o que quien no suele estarlo pueda llegar a tener esa sensación en alguna escucha. La Séptima, es, pues, portentosa. Pero creo que lo es aún algo más la versión que EuroArts anuncia con Celibidache y la Filarmónica de Berlín (hacía décadas que Celi no la dirigía, y nunca lo volvería a hacer).
La Octava (Tokio, 20-X-1990), de nuevo absolutamente genial, es de las tres la sinfonía a la que yo le pongo el mayor pero, repitiendo que se trata de una objeción muy mía, y es que el primer mov. (19’20”, frente a los 15’ por término medio) me resulta excesivamente moroso y carente de desesperación y rebeldía, que es algo a lo que no soy capaz de renunciar en este episodio. Pero otros melómanos no tienen por qué tener esta misma sensación, claro está. Tras un scherzo también muy despacioso (16’20”), pero no el más lento que haya escuchado (ahí está el sobrehumano de Klemperer, mi favorito: 19’53”), los dos últimos movimientos de Celi me parecen eso mismo, sobrehumanos, incomparables.
La Filarmónica de Múnich, que no es una de las mejores orquestas del mundo, posee sin embargo un maravilloso sonido bruckneriano (sobre todo, claro, en manos de Celi), con unas trompas y unos contrabajos excepcionalmente adecuados. Pero su primer oboe me parece demasiado melifluo, por su sonido y por su forma de frasear: es mi única reserva.
Es decir, que es un álbum de imprescindible conocimiento, que Sony completa con dos CDs que contienen una Cuarta Sinfonía inédita, también con la Filarmónica muniquesa, grabada en Viena el 5 y el 6 de febrero de 1989, con sonido notable y que, pese a su ocasional morosidad, sobre todo en el finale, es otra interpretación que conviene conocer.
¡Pero! ¡¡Pero!! Si el sonido de los DVDs es satisfactorio, no lo es la imagen (original en 16:9, no cortada), que muestra un visible rayado casi horizontal (una extraña forma de pixelado) que no aparecía en los laser discs.¿¡Cómo es posible que hayan hecho la transcripción a DVD con esta deficiencia!? Es tan inexplicable como vergonzoso. Harían bien, por el buen nombre de Sony, en retirar la edición y repetir la transcripción.
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