Las 32 Sonatas para piano de Beethoven que acaba de publicar Decca en una caja de 10 CDs, a precio muy bajo, como tercera y última entrega de la serie “Beethoven para todos” reproduce, como ya he comentado en otra ocasión, el audio (con magnífico sonido, por cierto) de la caja de DVDs de EMI con esas obras (se omiten, por supuesto, las Clases magistrales).
Además de la caja con las Sonatas, se ha puesto también a la venta una Deluxe Edition (a poco más de 100 €) en un cajón de 32 x 32 x 5 cm, que alberga además de los 18 CDs de las Sinfonías, los Conciertos y las Sonatas, un CD con una entrevista a Barenboim, un DVD de 58’ con el documental “It all starts with a dream” (subtítulos en castellano), un libro tamaño caja de DVD con artículos en inglés, francés y alemán y un libro de 31 x 31 cm y 64 páginas con espléndidas fotos de Benjamín Ealovega tomadas en Pilas (Sevilla), donde cada verano se reúnen para ensayar y convivir los músicos de la Orquesta del West-Eastern Divan.
He vuelto a escuchar estas interpretaciones, que recogen ocho recitales en público ofrecidos Daniel Barenboim en la Staatsoper de Berlín entre el 17 de junio y el 6 de julio de 2005, y me gustaría intentar explicar brevemente qué diferencias (las similitudes son evidentes) encuentro entre este ciclo y sus dos anteriores grabaciones de la serie completa: la de EMI 1967-70 y la de Deutsche Grammophon 1984 (tomas realizadas en París entre 1981 y 1984).
Pues bien, como ya he escrito más de una vez, el ciclo EMI se situó en su momento a la cabeza de todos los escuchados hasta entonces, al ahondar como nadie en el mundo interior de Beethoven, extrayendo hasta el máximo (un poco en la línea de Arrau) la cantabilidad de su música, relegando por completo el virtuosismo como fin y todo el mecanicismo que afeaba y desvirtuaba tantas y tantas intepretaciones anteriores: a partir de este ciclo (en el que las últimas Sonatas estaban mucho mejor comprendidas por el intérprete que las correspondientes del gigantesco pianista chileno citado), las cosas no volverían a ser igual: ¡qué grandeza, qué profundidad, qué belleza, qué lucidez! Al escuchar los dos o tres primeros discos de este ciclo, Otto Klemperer se quedó tan impresionado que expresó a EMI su deseo de grabar con el joven argentino (¡57 años menor que él!) los 5 Conciertos de Beethoven, algo que deseaba hacer desde hacía tiempo, pero ¡no encontraba pianista que le gustase lo suficiente!
El álbum de 1984, ya digital, está por supuesto mejor grabado que el de EMI, pero quizá no recoge exactamente el peculiar sonido del piano de Barenboim, sino que resulta algo más duro y acerado que cuando se le escucha en directo. Este ciclo, muy marcado según el propio intérprete por su experiencia de dirigir Tristán e Isolda, ofrece quizá el Beethoven más trágico y también más hosco, arisco y misántropo, el que más reflexiona sobre la muerte. Aunque no en todas las Sonatas es esto evidente, sí que lo parece en una buena parte de ellas. Quizá este tratamiento o punto de vista beneficia a algunas de ellas: aun así, la 5 (de 1968), la 8 “Patética” del primer ciclo siguen siendo mis predilectas, lo mismo que las quasi sonatinas 19 y 20, la 21 “Waldstein”, la 26 “Los adioses” (todas de 1967) o el jamás alcanzado, ni antes ni después, sublime “Adagio sostenuto” de la 29 “Hammerklavier” (1970), que tengo (opinión que comparto con Álvaro Marías) por una de las cosas más excelsas escuchadas jamás a un intérprete musical.
En el ciclo de 1984 destacan, en mi opinión, la Tercera, la Sexta, la 17 “La tempestad”, la 18, la 23 “Appassionata”, la 30 y la 32.
El cuarto y último ciclo que nos ofrece Barenboim, sin duda el mejor grabado, parece en cierto modo aglutinar sus puntos de vista anteriores, pues es su Beethoven más plural y poliédrico, el más sutil en su enorme variedad de estados de ánimo (a menudo muy cambiante), explorando algunos que antes habían quedado menos explicitados. La paleta sonora es quizá la más rica, y lo que quizá más llama la atención es el muy abundante, diría que generalizado, uso del rubato, en pos de cantar con múltiples acentos las melodías (acentuadas aquí y allá de mil maneras) y en pos de hallar múltiples momentos en los que la tensión es presentada en múltiples grados: un recurso, el del rubato, mucho más asociado a otros compositores y del que el pianista de Buenos Aires obtiene aquí unas posibilidades inimaginables.
Pero la impresión que quizá más cala y perdura en el oyente es que se trata, en general, de su Beethoven más humanista, con una muy especial atención a la que yo llamo la ternura viril beethoveniana. Es decir, que pese a ciertas inexactitudes debidas a ser ejecuciones en público (particularmente en la endemoniada fuga final de la Sonata 29), creo que es el ciclo más admirable, maduro y magistral de Barenboim. Y de toda la discografía, sin duda.
De este ciclo de 2005 (DVDs EMI y CDs Decca) me parece que sobresalen especialmente, rozando de lleno la estratosfera, las números 3, 4, 5, 6, 7, 11, 13 “Quasi una fantasia”, 15 “Pastoral”, 16, 17 “Tempestad” y 32.
(El comentario sobre el ciclo de las 32 Sonatas por Barenboim, el filmado en Múnich por Jean-Pierre Ponnelle y más o menos contemporáneo del de Deutsche Grammophon –pues parece que se filmó en 1983–, lo dejo para más adelante, porque saldrá a la venta dentro de unas semanas en DVD y Blu-Ray; será buena ocasión para repasarlo).
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