Wednesday, December 19, 2012

La Scala abre la temporada con un formidable “Lohengrin”

 

La apertura de la temporada 2012-2013 venía precedida de polémica, pues no se hacía con una ópera de Verdi, sino de Wagner, y por ello se habían producido protestas. Como 2013 es el 2º centenario del nacimiento de ambos, se ha optado por comenzar esta sesión con Wagner, y hacerlo la próxima con Verdi, en concreto con La Traviata. Pero, como han subrayado la prensa italiana y española (y otras, supongo), nada más terminar la primera función (el 7 de diciembre, día de San Ambrosio, como siempre) la polémica quedó zanjada ante la formidable altura de la interpretación.
Y eso que se partía con un peligrosa deserción de última hora: la soprano alemana Anja Harteros, magnífica voz y magnífica intérprete de Elsa (como se comprueba en el DVD dirigido por Nagano), suspendía su actuación debido a una gripe y su sustituta, Ann Petersen, volvía a caerse del cartel. Así que hubo que recurrir, in extremis, a Annette Dasch, que ha sido la última Elsa en Bayreuth. Tras ver y escuchar la representación, retransmitida por Arte en alta definición, hay que convenir que la Dasch ha sido lo menos bueno del reparto: su voz y su canto son convincentes, lo mismo que su encarnación del personaje, pero tal vez sea una de esas cantantes irreprochables que no llegan a subyugar. Lo que hay que señalar a su favor es que, habiendo comenzado a ensayar una producción que no conocía a las ocho de la mañana del día del estreno, actuó con una seguridad y una convicción impresionantes. Debió de ser por ello, sobre todo, por lo que recibió cálidas, merecidísimas ovaciones.

   
Jonas Kaufmann                                               René Pape

El resto del elenco fue, uno a uno, francamente extraordinario, desde el Heraldo del sólido y robusto Zeljko Lucic (Rigoletto en el DVD con Flórez, Damrau y Luisi) hasta el protagonista, un Jonas Kaufmann del que afirmo que es lo más admirable que le he escuchado hasta ahora ¡que ya es decir! He leído y oído muchas veces que su técnica es muy deficiente; pues bien, en primer lugar me pregunto cómo es que, siendo así, llegó al final en plenitud vocal absoluta, después de haber cantado con entrega total un papel larguísimo y durísimo, aterrador. Me temo que va a haber que revisar los fundamentos de esa ortodoxia única de la técnica vocal, a menudo fundamentalista. ¡Que apiana de un modo poco canónico, que emite así o asá! Me importa un bledo: no se puede negar que es un artista como la copa de un pino, de los pies a la cabeza, un músico extraordinario, un cantante arrojado y valiente, que lo da todo, un intérprete de la mayor sutileza y de una credibilidad aplastante. Y paso de los de inflexibles monsergas ultraortodoxas, poseedores de la verdad única e inmutable del CANTO.
Para mí no es sólo que esté al nivel de los más grandes lohengrines (Windgassen, Sándor Konya, Jess Thomas, James King, René Kollo, Domingo, Jerusalem o Seiffert), es que es, en conjunto, quien más me convence. ¡Qué forma de cantar, de decir, de expresar sus dos últimas grandes parrafadas! Y, por cierto, sin el habitual corte, abierto por primera vez en una grabación de la ópera en la de Barenboim (Teldec, 1998). Las ovaciones que recogió en Milán fueron atronadoras, sólo comparables a las obtenidas por Barenboim.
Evelyn Herlitzius es una soprano cuasi dramática de voz un tanto agria (lo que no es inconveniente para el rol de la rematadamente malvada Ortrud), que dibujó un personaje sin ambages en su perversidad, en su hipócrita doblez, en la salvaje alegría ante la desgracia ajena con que triunfa al final.
Telramund estuvo encarnado con completa propiedad vocal y de carácter por Tomas Tomasson, cantante islandés al que hace años escuché como bajo no muy estimulante, y que ahora es un estupendo barítono-bajo, muy adecuado para ciertos malos wagnerianos (Klingsor, Beckmesser, Gunther, quizá Alberich).
Lo de René Pape como Rey Enrique es aparte: la voz es magnífica; la técnica, sin fisuras; la interpretación, impresionante. No se limita a dotar de majestad al personaje (como es habitual), sino que su pasión y su tremenda intensidad le confieren una veracidad inexistente en otros ilustres predecesores suyos. Baste decir que repite aquí, de nuevo, la maravilla, reveladora, de su referida grabación con Daniel Barenboim.
Éste, de lejos el mayor wagneriano de nuestro tiempo, sobrepasa su fantástica labor en el registro discográfico, con un sentido del drama más acuciante, un lirismo de intensidad casi insoportable (¡qué aparición de Elsa de camino hacia su boda!) y, sobre todo, una pasión verdaderamente volcánica. Lo que logra de la Orquesta de La Scala –que nunca fue especialmente wagneriana– es de llamar la atención: si ya en su debut escalígero con Tristán admiró por lo conseguido, ya ha llegado bastante más lejos.
El director de escena, Claus Guth, fue el único que recogió algunos –pocos– silbidos, pero, en mi opinión, sin razón. Puede haber aspectos discutibles en algunas de sus soluciones, pero creo que no se le puede acusar de falta de respeto al libreto, ni mucho menos de arbitrariedad, capricho o extravagancia. Creo que, sin duda, sirve a la historia que cuenta y a la música misma.
No sé si estará previsto publicar esta versión en DVD/Blu-ray, pero, de hacerse, ¡ojalá!, dejará muy atrás a las existentes.








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