Publicada por EMI en 1962, esta interpretación existe desde hace años en CD, habiendo sido reprocesada en 2001 para su edición en la serie “Great Recordings of the Century”. Su sonido era bastante bueno y disfrutable. Pero ahora EMI Japón la ha vuelto a remasterizar con resultados francamente sorprendentes: la toma sigue siendo levemente lejana, pero está espléndidamente equilibrada y tímbricamente es de gran fidelidad y tersura. Reescuchar esta interpretación en una edición que difícilmente podrá ser mejorada ha sido para mí un disfrute difícil de explicar, pues se trata de una de las grabaciones más geniales de cualquier música en toda la historia del disco.
En mi opinión, los criterios historicistas para la música barroca que nos invaden jamás podrán arrinconar ni devaluar una interpretación de tal clarividencia, belleza y emoción. Una interpretación que, a diferencia de otras unos años anteriores o posteriores, no es ni romántica (no confundir con expresiva) ni está anticuada (ni lo estará en cien años, me imagino). Algunos le achacan que ha pasado de moda por ser lenta (criterio absolutamente subjetivo, pues no hay demostración posible de que tenga que ser más rápida); por ser su continuo poco imaginativo –a cargo de George Malcolm al clave, más cello y contrabajo. En efecto, lo es: ¿se trata de un problema serio? ¿Es además conveniente aquí un continuo florido o recargado...?–, que es poco auténtica porque en su época no debió de sonar así, etc. Pero nadie, que yo sepa, ha explicado satisfactoriamente por qué ha de interpretarse una música igual en todas las épocas, por más que conociésemos (como ocurre en muchos casos) la grabación del estreno.
Esta interpretación de Otto Klemperer es una de las recreaciones más intemporales que puedan imaginarse; el enorme director, no creyente por cierto, puso en ella lo mejor de sí: una actitud humilde frente a la grandeza y la elevación sublimes de la música, una verdad que desarma, una emoción intensísima que -¡misterio!- no le lleva a desembocar en una visión romántica (en lo que sí incurren, por cierto, nada menos que Furtwängler, así como, cada uno a su modo, Mengelberg, Scherchen o Karajan; si lo hizo también Jochum me parecería más discutible). Y un sentido dramático impresionante.
Klemperer convocó en torno a sí los elementos más asombrosos jamás reunidos: un Coro (el Philharmonia, preparado por el mítico Wilhelm Pitz, artífice así mismo del Coro del Festival de Bayreuth), una Orquesta excelsa (la Philharmonia de sus mejores días, es decir, para mí claramente la mejor orquesta del orbe), con solistas increíbles, como el violín Hugh Bean, el oboe Sidney Suttcliffe y, sobre todo, el inalcanzado flauta Gareth Morris. Conjuntos no precisamente escuálidos, pero jamás espesos o plúmbeos.
En cuanto al elenco vocal, ni antes ni después se ha visto algo igual: Dietrich Fischer-Dieskau (Cristo también en la segunda grabación de Karl Richter) es un Jesús de ensueño: la voz estaba en plenitud, el canto es sublime, lo mismo que la interpretación, la más divina que pueda imaginarse. Su personaje es, en ciertos momentos, colérico, lo que me parece un gran acierto. Es uno de los logros más memorables de su carrera. Peter Pears (Evangelista también con Münchinger: una versión que, por cierto, sí ha envejecido) es el prototipo de maravilloso cantante en posesión de una voz más bien feúcha (horrorosa para algunos). Pero es el más grande intérprete, con permiso de Peter Schreier, de esta parte, que requiere no menos inteligencia que la de Cristo. Sus melismas en los momentos más dramáticos alcanzan un patetismo sin igual.
El cuarteto es igual de prodigioso: una Elisabeth Schwarzkopf de espiritualidad y sensibilidad sin parangón (frente a ello, algún cambio de color ¿qué importancia tiene?), que deja muy atrás a todas las demás sopranos que han grabado esta parte. Christa Ludwig, conmovida y conmovedora, sólo ha sido igualada, ya que no superada, por Janet Baker (con Richter II). Nicolai Gedda vuelve a ser el tenor de arias más admirable que haya escuchado (incluyendo a él mismo con Wolfgang Gönnenwein siete años después); ni siquiera Fritz Wunderlich (con Münchinger), de voz más bella, resulta tan musical y espresivo como él. Y para hallar a algún bajo que cante con tal maestría y convicción habría que remitirse a Fischer-Dieskau en la primera grabación de Richter.
0 comments:
Post a Comment