Tuesday, November 26, 2013

Daniel Harding y la London Symphony interpretan Mussorgsky y Stravinsky

Parece, a juzgar por el concierto de ayer (Ibermúsica, 25 de noviembre) y por lo que le llevo escuchando últimamente, que Harding (que tiene ya 38 años) está sentando cabeza, que ya no es el enfant terrible que se empeñaba hace unos años en tocar Sinfonías de Brahms con una orquesta de cámara, intentando en vano desmitificar lo que la historia y la jurisprudencia interpretativa nos han enseñado, sentando cátedra, sobre el compositor hamburgués; y otros hallazgos por el estilo. Pero esto no significa que ya acierte en todo lo que hace. De hecho, el concierto de ayer no me pareció modélico, y quizá es la ocasión menos feliz que le haya escuchado en los últimos años a la London Symphony: no, ayer no fue “una de las cinco mejores orquestas del mundo”, según la encuesta promovida por ¿adivinan?: una revista, sí, ¡británica! Los metales estuvieron no sólo más fallones de lo tolerable, sino más bien destemplados, poco calibrados. Francamente bien las cuerdas y las maderas, sobre todo fagotes y clarinetes.
El programa comenzó con Una noche en el Monte Pelado de Mussorgsky: la primera redacción de la partitura, muy rara vez oída (creo que no coincide ni con la grabación de Abbado y esta orquesta, RCA 1980, ni con el DVD de D.G. por Barenboim y la Filarmónica de Viena en Schönbrunn), que termina abruptamente pues está inacabada. La pieza tiene en esa versión el atractivo del áspero colorido orquestal mussorgskiano (¡cuatro trombones!), mejor orquestador de lo que se suele considerar, pero de un devenir temático muy desorganizado, casi caótico. Siento decir algo que hará rasgarse a más de uno las vestiduras: el arreglo de Rimsky-Korsakov me parece mucho más eficaz y logrado. Creo que estuvo muy acertadamente dirigido, y muy bien tocado.
El Concierto para violín no me parece una de las peores obras de Stravinsky, ni tampoco de las mejores. Estuvo dirigido con claridad, incisividad y ciertos, adecuados, sarcasmo y sentido lúdico. Pero quizá la orquesta sonó casi todo el tiempo un poco fuerte, tapando a menudo al violín solista. Un excelente Rainer Honeck, conocido concertino de la Filarmónica de Viena, que tocó de forma impecable, con un sonido precioso, totalmente en la línea de la orquesta vienesa. Pero creo que a esta obra le conviene un sonido más incisivo y aristado; seguro que Honeck habría quedado mejor tocando Mozart, o incluso Mendelssohn.
El pájaro de fuego (versión original íntegra) fue abordado desde una óptica que resaltaba su calidad de antecedente de Petruchka y hasta de Le sacre, dejando un tanto de lado su deuda con Rimsky y con el Impresionismo. Un enfoque interesante, que en todo caso funciona bien en determinadas escenas y no tanto en otras. Hubiera sido una interpretación de fuste de no haber sido por estas reservas: tendencia al estruendo (¡metales y percusión!), final atropellado de la “Danza infernal de Katchei”, y conclusión acelerada, perdiendo tensión y hasta desinflándose en el pasaje anterior al último acorde: fallo éste de cajón, inexplicable en una batuta de la reputación del director de Oxford. Lo que más me gustó de la velada fue la propina: una muy hermosa y sentida versión del maravilloso Preludio de Khovanchina (Mussorgsky para comenzar y terminar: ¡buena idea, vive dios!)


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