Sentía una curiosidad enorme por saber cómo Julia Fischer, una de las grandes violinistas surgidas en bastante tiempo, tocaba en un mismo concierto el violín (el Tercer Concierto de Saint-Saëns) y el piano (el Concierto de Grieg), en un DVD recién publicado por Decca. Pues bien: en el de violín está admirable, haciendo gala de un sonido redondo, lleno, muy bello, de una técnica y una afinación prácticamente perfectas, y, por encima de todo, interpretando el hermoso Concierto con una entrega, pasión, vuelo lírico y ensoñación a pedir de boca. No es la suya una interpretación tan fogosa y deslumbrante como la de Perlman, pero su belleza y equilibrio son extraordinarios. Hace honor a su justa fama de ser uno de los grandes nombres actuales del violín. Y eso que aquí se ve perjudicada por un director (el joven Matthias Pintscher, al frente de una más bien poco afortunada Junge Deutsche Philharmonie) cuya labor es muy endeble: un conocimiento sólo sumario del estilo, indiferencia expresiva, cuadriculada inflexibilidad.
En la segunda parte, las cosas se ponen bastante más feas: la joven Fischer toca con técnica considerable –no infalible, acaso ligeramente apurada en algunos momentos del primer mov.– el bellísimo Concierto de Grieg, pero esa sólida musicalidad que le asiste como violinista no se aprecia aquí en el mismo grado, ni mucho menos: sólo tiene momentos aislados, frases aquí y allá, muy acertadas, mientras que por otras pasa como de largo, y las transiciones no siempre están bien resueltas; el Concierto, por tanto, queda inconsistentemente enjaretado y construido. Nada le ayuda la flojísima dirección (es un decir) de Pintscher, despistadísimo –no suena a Grieg ni por asomo–, completamente incapaz de cantar como dios manda una sola melodía (esas maravillosas y tan emotivas melodías de Grieg, de inconfundible sabor nórdico), e igualmente incapaz de escuchar y dialogar con la pianista: el tempo de los tutti orquestales, por ejemplo, no guarda relación ni con lo anterior ni con lo que sigue. Hacía tiempo que no escuchaba en un disco de una compañía seria a un director tan mediocre.
En conclusión: tiene mucho mérito que Julia Fischer sea capaz de tocar con semejante solvencia un concierto para piano tan comprometido como el de Grieg. Pocos grandes instrumentistas tocan con tal grado de virtuossimo dos instrumentos tan diferentes. Pero, sinceramente, debe dedicar la mayor parte de sus energías al violín, en el que pocos le pueden hacer hoy sombra. (Y, si es posible, escoger con más acierto a sus compañeros musicales).
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