Ningún otro compositor de la historia de la música tiene tal cantidad de sinfonías magníficas, muchas más incluso que Mozart, y no digamos que otros músicos. La No. 88 es quizá la más famosa de todas las Sinfonías de Haydn carentes de sobrenombre conocido (tenerlo, lo tiene: “Letra V”, pero se usa poco). Porque, por desgracia, sólo son algo conocidas (¡ni una sola lo es mucho!) las que tienen un nombre, la mayoría de las veces espurio.
De los numerosos grupos en que suelen ser divididas las Sinfonías de Haydn
(y que no siempre coinciden según los comentaristas), el segundo grupo que tiene un nombre específico, tras las Sinfonías “Sturm und Drang”, es el de las Sinfonías “de París”, que son de la 82 a la 87: 7 Sinfonías (compuestas en 1785 y 1786) en las que dio un gran paso en su ascendente trayectoria sinfónica. El gran éxito obtenido en París por estas obras le animó a componer las dos siguientes, la 88 y 89. Que finalmente no fueron a parar a la capital francesa.
Pero no cabe duda de que la Sinfonía 88, en Sol mayor, del año siguiente, 1787, continúa en esa línea. Añadiendo, por supuesto, nuevos golpes de originalidad y mostrando un dominio magistral de la forma sonata, que a la vez que Haydn iba fijando, iba modificando sin cesar.
Esta Sinfonía posee unos rasgos muy particulares: aunque cuenta en su instrumentación con trompetas y timbales, insólitamente no aparecen en el primer movimiento, un “Allegro” pletórico de vida, precedido por una brevísima introducción “Adagio”.
Más insólito aún es que aparezcan en el movimiento lento, que es en extremo lento: un “Largo” meditativo con momentos muy claramente prerrománticos.
El Minueto (“Allegretto”) posee un trío de clara inspiración rústica, y la verdadera joya de la Sinfonía es el “Allegro con spirito” conclusivo, principal responsable de su fama: un acierto total que explica por sí solo cómo Haydn es el compositor de mayor sentido del humor y de mayor alegría de toda la historia de la música (lo que, por descontado, no le impide ser hondo y trágico en diversas ocasiones).
Como una de las sinfonías favoritas que es de numerosos grandes directores (ya lo fue en su día de Beethoven), fue una de las primeras de su autor en grabarse completa: a 1929 se remonta la de Clemens Krauss con la Orquesta Filarmónica de Viena, editada en CD por Preiser; diez años posterior es la de Arturo Toscanini con la Orquesta Sinfónica NBC para RCA, quien tuvo el mérito histórico de apartarse del nefasto tópico de “Papá Haydn”, comunicándole vitalidad y chispa, si bien hoy resulta bastante mecánico y apenas atento a otros aspectos más hondos del genial compositor.
El otro director más famoso de la primera mitad del siglo XX (si bien mucho más genial que Toscanini), que es, como se sabe, Wilhelm Furtwängler, también grabó la Sinfonía 88 (una de las pocas de Haydn que se conservan dirigidas por él), haciéndole plena justicia. Es particularmente admirable su interpretación del “Largo”. La grabación, de D.G. y del año 1952, es, por desgracia, tímbricamente muy pobre. Desconozco la versión del gran Sir John Barbirolli con su Orquesta Hallé de Manchester, un año posterior. Le sigue la de Fritz Reiner con la Orquesta Sinfónica de Chicago (RCA 1960), interpretación memorable y realmente modélica, y dos años más tarde, en 1962, la de Bruno Walter con la Orquesta Sinfónica Columbia (para CBS, hoy Sony), visión particularmente amable. De ese mismo año es la algo irregular grabación de Eugen Jochum con la Filarmónica de Berlín (DG), quien acierta sobre todo en el “Largo”, y lo contrario en un finale demasiado rápido y grueso.
En 1965 publica EMI la grabación de Otto Klemperer con la Orquesta New Philharmonia. Aparte de ser uno de los más grandes directores de orquesta del siglo XX, fue particularmente lúcido y convincente en Haydn, del que grabó 8 Sinfonías, que van desde lo estupendo a lo sublime. Como novedad en su interpretación, la rusticidad del trío en el minueto y la portentosa realización del finale. Por la indicación “con spirito” no entiende, como muchos otros, más rápido, sino más “espirituoso”, como liberado y efervescente tras una moderada ingesta de alcohol. Hay en su visión de este episodio una notable dosis de sarcasmo, de humor que pasa por diferentes estadios, hasta incluso una cierta insolencia. Un momento magnífico es cuando, tras larga vacilación, como si se le hubiese olvidado momentáneamente, retoma el tema inicial de movimiento.
De 1972 es la versión de Antal Dorati, dentro de su grabación del ciclo sinfónico completo de Haydn para Decca con la Philharmonia Hungarica. Una de las empresas más ambiciosas de la historia del disco culminada con un nivel interpretativo medio muy elevado, pero que en el caso de esta sinfonía le sitúan por debajo de varios de sus colegas: la interpretación es enérgica y voluntariosa, pero el “Largo” es un poco apresurado y el impetuoso finale, algo monocorde, falto de los contrastes que otros directores logran desentrañarle.
Más creativa, original e interesante es la de Karl Böhm con la Filarmónica de Viena (D.G., un año posterior). Ya a la sencilla introducción logra sacarle un especial partido, lo que se confirma en el “Allegro” que ésta abre, plagado de hallazgos. El “Largo” es bellísimo: grave, quasi religioso y con ramalazos de honda melancolía. Calmoso pero enérgico, entusiástico y elegante a la vez el Minueto. Y en el finale demuestra que con un tempo considerablemente lento (4’01”) se puede conseguir tan acusado efecto “espirituoso” como con otro normalmente veloz: combina humor (particularmente socarrón) y elegancia de modo admirable. Maravillosa, como no podía ser menos, la Filarmónica de Viena.
Leonard Bernstein ha sido uno de los más grandes intérpretes de Haydn, y posee en vídeo una maravillosa interpretación de la Sinfonía 88; su grabación discográfica para D.G., sin embargo, no supera lo que podríamos llamar “rutina de altura”; ninguno de los 4 movimientos alcanza el nivel esperable de tamaño maestro, y el finale, por ejemplo, rápido y enérgico (al modo de Reiner: le dura 3’25”, dos segundos menos aún que a éste) no posee la variedad de acentos y matices lograda por aquel director húngaro.
Frans Brüggen lleva a cabo para Philips en 1990, con la Orquesta del Siglo XVIII, una versión con instrumentos originales. El en otras ocasiones magnífico intérprete de Haydn esculpe una versión nítida, bien perfilada y articulada, con una ausencia de vibrato que la deseca un tanto, pero no logra imprimirle un sello personal, resultando incluso algo insípido en el “Largo”. El único ciclo completo disponible hoy, después del de referido de Antal Dorati y tras la descatalogación del desigual de Christopher Hogwood para L’Oiseau-Lyre con la Academy of Ancient Music, es el también con altibajos pero globalmente espléndido de Adam Fischer, con la Orquesta Austrohúngara Haydn y para Nimbus (hoy en Brilliant). Concretamente en la sinfonía que nos ocupa Adam Fischer acierta de lleno, con un primer movimiento ágil y dinámico, un segundo precioso y sumamente elegante y espiritual, un Minueto muy rubateado y de marcada articulación, admirable en suma, y un finale delicioso y de extrema fluidez narrativa. La actuación de la orquesta en esta grabación de 1991 constituye una agradabilísima sorpresa.
Dos años posterior a esta última es la de Sándor Végh con la Camerata Academica de Salzburgo, tomada en público y publicada por Orfeo. Versión excelente, de gran frescura y fervor, con un humanista y entrañable “Largo”, un Minueto de acentuada rusticidad y un finale enérgico y socarrón. La grabación de la Sinfonía 88 publicada en octubre de 2007 corre a cargo de un director que ha afinado mucho sus interpretaciones de Haydn desde las primeras que realizase hace una década: Sir Simon Rattle, que al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín y para EMI ha registrado en público en febrero de ese año las Sinfonías Nos. 88 a 92. Versiones casi camerísticas y muy personales, que en la 88 sorprende un tanto debido a que en cierto modo invierte el carácter habitualmente asignado a los movimientos 1º y 4º: hace más elegante el 1º y más enérgico el 4º, esa maravillosa página que tanto juego da según a qué director se le escuche. Con Rattle suena, al igual que el Minueto, algo más rápido de lo normal, particularmente rústico, casi rudo, con un humor aldeano, como bailado o casi pateado con zuecos.
0 comments:
Post a Comment